Brigada de solidaridad en Brasil 2007

Mi parche está hecho de cuero de cabra o, mejor dicho, del primer chivo que me atreví a matar. Fue un acto que me hizo sentir fuerte pertenencia a un lugar. La cabra pertenece a aquí. En la cultura noruega, en los paisajes noruegos, la cabra trabaja por la biodiversidad y es curiosa, terca, alegre y vigorosa. Trabajar con ellas constituye una gran alegría. Mis primeros pasos en el trabajo con cabras se los debo a los campesinos brasileros. Les estoy muy agradecida por ello.
Viajé a Brasil para ser parte de, quizá, uno de los movimientos sociales más grandes del mundo. Los Sin Tierra (MST). Seis meses más tarde regresé a casa valorando el derecho a producir nuestra propia comida y con la convicción de que podemos estar orgullosos de nuestras tradiciones.
El Brasil que conocí no tuvo nada que ver con la samba, las playas, los carnavales ni Copacabana. Estuve en una pequeña comunidad en el medio del estado de Santa Catarina. Bien al sur del país y lejos del mar. Olvídense de bikinis y bailarinas semidesnudas. Allí encontré al gaucho, al paisaje del gaucho suramericano. Nadie parece más bravo cuando viste sus botas altas de cuero, sombrero grande, cinturón ancho con detalles y el lazo colgando en la montura. Los acordeones suenan en la radio, los frijoles negros están en las ollas y en las fiestas asan un toro entero a la parrilla. El paisaje es llano, abierto, a veces seco, otras veces húmedo.
Nunca he pasado tanto frío como en Brasil. Lluvia y viento en Noruega son una cosa bien distinta. Aquí tanto la ropa como las casas están preparadas para un clima extremo. En la ocupación de Santa Catarina, en casetas de lona con paredes hechas de tablas no lo suficientemente juntas entre sí, el frío atravesaba la ropa y se alojaba en los huesos.
Por suerte, compensaba el calor y la fuerza de las personas de alrededor. La distribución de la tierra entre las familias no había culminado. Mi madre adoptiva, Jussara, llevaba diez años luchando por su parcela. Faltaba poco. Una noche Jussara estaba recostada sobre el piso de la cocina con Amanda de dos años sobre el vientre. Jussara soñaba despierta y Amanda se esforzaba por repetir lo que su madre decía. «Alho,» decía Jussara. «Ajjo»» repitía Amanda. «Cenoura,» decía Jussarra. «Cenouja», repetía la pequeña. «Beterraba» – «Betjaba». Sonrieron al unísono. Estaban orgullosas, cada una a su manera.
Ajos, zanahorias y remolachas. Era todo lo que cultivarían en su huerto. Era lo que soñaban.
Cuando me preguntaron sobre la agricultura noruega no pude articular una respuesta certera: no sabía qué comían los cerdos noruegos ni si cuidábamos nuestras propias semillas. Jussara luchaba por el derecho a cultivar la tierra con su fuerza de trabajo. Cultivar la tierra tal como había aprendido de la naturaleza y sus tradiciones culturales. Me vino un rapto de curiosidad ¿Teníamos tradiciones parecidas en Noruega? ¿Valía la pena estar orgullosa de ellas? Tuve que regresar para averiguarlo.