Brigada de solidaridad en Guatemala 2016

Ayotzinapa, 2 y 3 de septiembre de 2016
El viernes por la tarde, al tanto ya de la lucha por justicia de los familiares de los estudiantes desaparecidos, llegamos a la Escuela Normal Rural de Ayotzinapa. Lo primero que observamos fue un portón empapelado con los rostros de los 43 estudiantes desaparecidos. Vivos los llevaron, vivos los queremos, estaba escrito. Un mensaje claro para las autoridades de turno. Que elles no se rinden. Que no se rinden hasta que aparezcan respuestas. Sin que se haga todo para que aparezcan. Después de dos años, las familias, los compañeros de la escuela, la sociedad, el país y el mundo no han recibido certeza alguna. Sólo los perpetradores saben, y sólo ellos pueden dar respuestas.
Llegamos a la escuela, dormiremos allí, para reunirnos el día después con algunos de los padres. Todo es increíble. Es un caso tan doloroso, conocido incluso en Noruega y, ahora, nosotres estamos allí. Conocer a sus madres. Caminar los mismos caminos. Comer en la misma cantina. Es difícil encontrar las palabras. Con la brigada discutimos acerca de lo difícil de digerir lo que nos toca vivir. Todo esto ¿Cómo podremos procesarlo y manejarlo constructivamente? ¿Tiene que ser constructivo? Porque estamos hablando de sentimientos. Sentimientos fuertes. Personas reales. Historias reales ¿Quizás no debemos ser racionales? ¿Quizás debemos aceptar que somos humanos, que debemos compartir el dolor, escuchar las historias?
Nos invitaron a participar de una reunión nocturna, a la que todos los estudiantes de primer año asisten cada viernes entre las 20:30 al 00:00 horas. Es sobre formación política y filosófica, discuten sobre diferentes personajes históricos, la historia de la escuela, ven una película, se preparan para la dura realidad que encontrarán cuando sean profesores en las comunidades de Guerrero. No es fácil ser estudiante de primer año en esta escuela. Primeramente, todes tienen que cortarse el cabello, se tienen que adaptar a una cotidianeidad donde el colectivo vale más que el individuo. Trabajan juntos, sudan juntas, cocinan juntes, duermen juntos y serán despojadas de todas sus características individuales. Duermen en lo que coloquialmente llaman la cueva. Es un espacio sucio y oscuro, donde no existen ventanas. Chinches. Todo muy húmedo. Esta colectividad, la unidad, es importante y esencial para transitar los 4 años de estudios . Las estudiantes están siendo acosadas por la Policía ¿Y quiénes cuidan tus espaldas cuando sucede? Tus compañeros de la escuela. Sin elles sería como ser arrojado a los lobos.
Asistimos a la reunión el viernes por la noche. Esperaban que los estudiantes de baile y música vinieran, esto nos dio tiempo para presentarnos antes de seguir con el programa. También aprenden sobre movimientos sociales y por eso querían que hablásemos sobre LAG y nuestro trabajo de solidaridad con organizaciones y temás políticos de América Latina. Contamos qué hacíamos allí: demostrar solidaridad con los 43 estudiantes desaparecidos, sus familias y la escuela. Parecía que lo apreciaban. Que de alguna manera su fuerza creció al entender que no están solos en esta lucha, que somos muches prestando atención, que sentimos con ellos y queremos apoyarlos no solamente en esta causa, sino en todas las luchas emparentadas con desapariciones y asesinatos en México.
Varios se levantaron para agradecer. Y fue justo en el cierre que se me erizó la piel. La impresión más fuerte del viaje hasta ese momento. Tan vivo. Tan brutal. Tan doloroso. Tan intenso. Tan alentador para la lucha. Tan desgarrador. Horroroso. Hermoso. Ensordecedor. Como una pared de luz alcanzándome. Una pared de sentimientos, rabia, frustración, sed de venganza. Justo en el corazón. Justo. En. El. Corazón. Los cuatro estudiantes de segundo año que dirigían la reunión recitaron una larga consigna y los aproximadamente 100 otros estudiantes respondieron. En un auditorio cerrado. Fue tenaz. Es quizás la única manera de explicarlo. Nunca había escuchado algo similar. La manera en que cantaron. Gritaron con el puño erguido. Listos para la guerra. Simplemente. Guerra contra la policía, las autoridades, el presidente. Exigían respuestas.
Un muchacho me llamó la atención. Con un suéter ligero y gris, y pantalones negros, se parecía a un joven noruego. El pelo corto y las cejas marcadas expresando enojo. Claro que vivía una realidad diferente a la de cualquier joven noruego. Estaba sentado, reclinado en la primera fila, no parecía tan compenetrado pero prestaba atención. La consigna empezó sin previo aviso. Hubo una señal que todos registraron y por la que se levantaron de sus sillas. Nuestra brigada quedó boquiabierta. Me asusté. Fue masivo. Tan controlado. Tan disciplinado. El chico del suéter gris se levantó y corrigió a otro señalándole que las manos iban detrás de la espalda y no en los bolsillos como las tenía.
Los estudiantes de segundo año empezaron, los otros 100 respondieron. El chico del suéter gris atrapó mi atención con su presencia. Lo tomaba en serio. Tan claro y tan fuerte. Gritaba con todo su rostro. Estirando las palabras. La cabeza acompañaba, moviéndose al compás del ritmo. Su cuerpo se levantaba levemente del piso, parado de puntas de pie para gritar con toda la fuerza que tenía. Cuando levantaba la mano izquierda, la extendía lo más que podía, tan fuerte como podía, con el puño apretado. Esta era su lucha también. Aunque él acaba de empezar. Era fascinante ver como él y sus compañeros habían adoptado la lucha de dos años atrás. No era sorprendente. Al igual que ellos, los 43, también eran estudiantes de primer año.
Me gustaría haber tenido tiempo para hablar con el chico del suéter gris ¿Quién era él? ¿Qué sentía? Resulta extraño cómo una persona que no conozco puede generarme una impresión tan fuerte. El recuerdo de su rostro, en medio de la consigna, está grabado en mi cerebro. La energía increíble que trasmitía, nunca la olvidaré. Al menos no quiero olvidarla. No quiero olvidar ese dolor, esa fuerza que parecía tener.
Un día y una noche. Un breve encuentro con otra persona que no podré conocer. Nunca sabré qué fue del chico del suéter gris ¿Cómo habrán sido sus cuatro años en Ayotzinapa? ¿Habrán conseguido alguna respuesta durante su estadía en la escuela? ¿O será otro caso irresoluto lleno de frustración y rabia? ¿Cómo llevarán la lucha adelante?
El día después de la consigna y el canto colectivo, lo vi otra vez. Fue una circunstancia diferente. Bajaba alegremente por el sendero junto a tres compañeros. No muy diferentes a un grupo de patinadores, sin preocupaciones y disfrutando de un sábado sin contratiempos. Nuestras miradas se encontraron cuando se agachó para mojarse la cara en una de las fuentes del patio de la escuela. Intercambiamos sonrisas que para mí se sintieron sinceras, desde el corazón.
Un día y una noche. Una persona y una vida tan compleja, tan ajena a mi realidad, pero en la que pude observar dos aspectos muy diferentes.
La vida cotidiana en la Escuela Normal Rural de Ayotzinapa está marcada por la búsqueda constante de justicia y verdad. Todes les nueves estudiantes son incorporades a esa lucha, la que se convierte en parte de su identidad. Al mismo tiempo, hablamos de muchachos jóvenes, con deseos y sueños que probablemente se asemejan a les de cualquier otre muchache.